jueves, 31 de julio de 2014

Aglae. Juan Ramón Jiménez

Aglae

¡Qué reguapo estás hoy, Platero! Ven aquí… ¡Buen jaleo te ha dado esta mañana la Macaria! Todo lo que es blanco y todo lo que es negro en ti luce y resalta como el día y como la noche después de la lluvia. ¡Qué guapo estás, Platero!

Platero, avergonzado un poco de verse así, viene a mí lento, mojado aún de su baño, tan limpio que parece una muchacha desnuda. La cara se le ha aclarado, igual que un alba, y en ella sus ojos grandes destellan vivos, como si la más joven de las Gracias le hubiera prestado ardor y brillantez.

Se lo digo, y en un súbito entusiasmo fraternal, le cojo la cabeza, se la revuelvo en cariñoso apretón, le hago cosquillas… Él, bajos los ojos, se defiende blandamente con las orejas, sin irse, o se liberta, en breve correr, para pararse de nuevo en seco, como un perrillo juguetón.

- ¡Qué guapo estás, hombre! -le repito.

Y Platero, lo mismo que un niño pobre que estrenara un traje, corre tímido, hablándome, mirándome en su huida con el regocijo de las orejas, y se queda, haciendo que come unas campanillas coloradas, en la puerta de la cuadra.

Aglae, la donadora de bondad y de hermosura, apoyada en el peral que ostenta triple copa de hojas, de peras y de gorriones, mira la escena sonriendo, casi invisible en la transparencia del sol matinal.


Juan Ramón Jiménez. Platero y yo.

martes, 15 de julio de 2014

Ícaro. Álvaro García



Ícaro
 

La meta es cómo un túnel, se nutre de tiniebla.


Lo propio de las alas es quemarse

cinco minutos antes de llegar hasta el sol.


Toda meta es un túnel que te absorbe,

es una oscuridad que se alimenta

de tu propia sustancia y de tu olvido

y ese modo de muerte que es el conseguir.


Cuando uno logra un fin se queda triste.

La meta se lo traga.


Mejor ser el mejor sin beso de champán, sin aureola.

Y el sueño se ha quemado en su inminencia,

como sabiendo que vencer es chusco.


Tus sueños se han quemado de pura lucidez.


Álvaro García. Para lo que no existe. Pre-Textos, 1999.

viernes, 4 de julio de 2014

La madre de Héctor. María Victoria Atencia



La madre de Héctor


Por esta ley antigua que obliga a los amantes

a sucederse en otras y otras generaciones,

yo misma a un joven héroe di vida en mis entrañas.

Me doblegué a las lunas y en su espera de júbilo

los hibiscos tiñéronse.

Se hacía transparante su rostro sobre el mío

y él me daba nobleza, belleza, plenitud.


Incendio tras incendio, el cuerpo prevalece.


María Victoria Atencia. Ex libris. Visor, 1984.