jueves, 4 de octubre de 2012

Una lección de historia. Carlos Álvarez

Una lección de historia



Dicen que el año mil novecientos treinta y tantos

la tierra de mi patria dejó de ser de tierra,

porque se convirtió en un suelo estéril

enemigo del trigo y de la lluvia;

que los ríos perdieron temblor y transparencia,

y supieron la forma concreta de la muerte;

que las noches no fueron compañeras del viento,

y los robles doblaron su medrosa estatura

temerosos de una bala perdida...

(mejor se entierra el plomo tras el pecho de un árbol

que entre las jóvenes ramas del hombre,

y mejor todavía

en la corteza muda de la tierra, en las minas...).

También dicen que en tiempos muy lejanos,

siglos y siglos antes del sputnik primero,

pero siglos más tarde

de que el hombre lograra que el sudor de otro hombre

llegara hasta sus manos con el brillo del oro,

también dicen que entonces

los ríos se secaron y el aire se hizo espeso

alguna vez en Gilboé y en Hiksos,

y en la llanura encrespada

de Maratón, bajo el cielo de Grecia.

No sé, yo no recuerdo.

Ni me teñí las manos con sangre filistea,

ni me importaron nada la ambición de Alejandro

ni la sed insaciable de Darío...

y del duelo entre Oriente y Occidente

_ese duelo pendiente todavía

según dice la prensa_,

del duelo entre Persépolis y Atenas,

ya sólo me interesa la hazaña del atleta

que corrió sin descanso

desde la última herida de lanza

hasta el canto primero del pueblo alborozado.

Son cosas ya pasadas:

historias de otros tiempos y otros hombres:

de los hombres que lucharon en Troya

o que sintieron miedo en las trincheras

unos minutos antes del combate en el Ebro...

Yo no sé de esas cosas:

yo soy un hombre que ha nacido más tarde,

alejado en el tiempo de Brunete y Guernika;

alejado del odio por amor a la tierra...

amigo de la tierra y enemigo del odio.



Carlos Álvarez (Jerez de la Frontera, 1933). Entre sus obras: Los poemas del bardo, 1977, Tercera mitad, 2007

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